¿Independencia?

Son las vísperas de los 209 años que ha tenido México como país independiente y se espera otro estreno en estos tiempos del nuevo gobierno. Todavía el año pasado el evento del tradicional ‘Grito de Independencia’ en el Zócalo de la capital, se reservaba el derecho de admisión. Y cómo no, si lo que menos querían era que al lugar llegaran grupos, de los muchos que hay, a estropear la última fiesta a Peña Nieto. Fue quizás su último evento público en el que se mostraba como gobernante, pues para estas fechas, hace un año, ya se esperaba el cambio de gobierno.

            No hubo necesidad de que ningún grupo osara a provocar al grupo de granaderos que se apostaban en las calles aledañas al Palacio Nacional. En realidad parecía que todo mundo esperaba una última pifia del presidente que ya iba de salida. Fueron varias, desde sus pleitos maritales con la primera dama, hasta el corazón mal hecho con las manos que sólo sirvió para ratificar su parca inteligencia. Realmente, criticarlo parecía hipocresía, pues no deberíamos perdonarnos que como pueblo independiente permitimos tener a una persona de tan nula sapiencia. Es increíble, pero vale la pena recordar, que hubo gente que lo admiraba y se atrevía a darle el título de ‘Tlatoani” (para el que no sepa, era cómo se el título que se le daba a los gobernantes en el Imperio Azteca, el equivalente a la palabra ‘rey’).

            Fueron gobiernos como el de Peña Nieto, el de Calderón y el de Fox, los que nos evidenciaban como un país que tenía todo, menos independencia. Desde que los españoles firmaron un tratado hace poco menos de 200 años, lo único a lo que cedían era a dejar que los mexicanos eligieran a sus gobernantes, es decir, que la Corona Española no tendría más derecho de imponer el gobierno monárquico con un Virrey que reportaba las ganancias de todos los saqueos y la esclavitud que ejercían sobre los pueblos indígenas de la Nueva España. Pero en realidad, llegaron para quedarse. Se fue la monarquía, o en otras palabras el poder político, pero se quedó el económico, y ni hablar del religioso.

            Por lo menos durante la monarquía era evidente que mucho de lo que se explotaba de los recursos de las tierras mexicanas iban a parar en las arcas españolas. Cuando se acabó lo evidente, vino todo por debajo de la mesa, a tal grado que hoy en día los bancos en México resultan más españoles que tricolores, son contados los que reportan a inversión nacional, y aún sus dueños poco interés tienen en que lo que pasa por sus cuentas beneficie a los mexicanos. Desde que el neoliberalismo (o el capitalismo mexicano) se instauró allá por finales de los años ochenta del siglo pasado, muchas de las empresas mexicanas comenzaron a privatizarse, y claro, como México siempre ha sido un país con economía emergente, pocas serían las que caerían en manos nacionales, por ejemplo TELMEX; pero de ahí en fuera, muchas se fueron más allá de las fronteras.

            Tanto fue el saqueo del capitalismo a la mexicana, que a mitad de los años noventa, hicieron quebrar a los bancos y para rescatarlos inventaron algo que solo los que tenían conciencia por aquellos años recuerdan, el FOBAPROA. Para muchos de los que nacieron en este siglo, poco les sonará esta palabra, pero no les alcanzará la vida para pagar esta deuda a la que los condenaron antes de nacer. Para ellos, vale la pena resumir que los banqueros quebraron y desde el gobierno federa se desviaron recursos de los fondos para el retiro de mucha gente, aún la de muchos de los que no vieron morir el siglo XX. Todo ese dinero, fue similar a un préstamo que por supuesto que los banqueros no están obligados a pagar, a condición de que parte de ese dinero vaya a parar en bolsillos de la clase política. Es decir, hacerse rico a costa de los pobres, algo que aprendieron muy bien de los tiempos de la Colonia.

            Así que hoy en este cierre de la segunda década de nuestro podrido siglo XXI cabe la pregunta: ¿Cuál Independencia? Hace unos días, para echarle más limón a la herida, se dieron los datos de cómo se acrecentó la deuda externa nacional, y quedó por ahí de los 700 mil millones de pesos. Es verdad que antes de comenzar el siglo ya se arrastraba una deuda que data desde los años del siglo XVIII, pero la manera en que creció en estos dieciocho años ha sido dolorosamente hilarante, pues no queda otra cosa que reír de lo sorprendente que fue y es el descaro de los gobiernos anteriores. Terminará el siglo, y ni así nos veremos pagada esta cantidad que jamás, como individuos, ni como sociedad, veremos junta.

            Podrá venir el gobierno que quieran, con la ideología que quieran, pero ninguno podrá en un sexenio menguar esta deuda que más parece infinita, un vil círculo vicioso al cual parece condenado nuestro país, es decir, a vivir como ha sido desde los tiempos de la Conquista, como esclavos. Por ello, parece justificable que sólo se use el día de la memoria en que se declaró al país como independiente, como una excusa más para embriagarse como si no hubiera mañana, y como cada fin de semana, tal como fue, es y parece que será la mecánica nacional en estas fechas: tener que emborracharse para sentirse mexicano. En realidad, no parece una salida, pero por lo menos, por un día, nuestro pueblo y nuestra sociedad se olvida de todos los problemas y la violencia social que han acarreado las malas decisiones de nuestra clase política, esa misma que hoy todavía quiere venderse como la más culta, la más sabia, la más poderosa, pero que sin duda no deja de ser la más dañina, la más ambiciosa y la más hipócrita de entre todas las que existen en nuestro país.

El Diáfano                

 

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