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Vie, Ene

Muere Ronald Harwood, guionista ganador del Oscar por "El pianista"

Foto: Cortesía

Cultura

Su carrera se especializó en la adaptación de textos literarios al cine: 'Oliver Twist', 'El amor en los tiempos del cólera'...

Ronald Harwood pasó de ser la sombra del actor a la sombra del autor. El guionista, escritor y dramaturgo de origen sudafricano que falleció este martes a los 85 años, labró su fama como guionista llevando a la pantalla los libros de otros, como el de Wladyslaw Szpilman, que le procuró el Oscar en 2003, por el guion adaptado de El pianista. Para el mismo Roman Polanski adaptó también el clásico de Dickens Oliver Twist en 2005. Su especialidad fueron siempre las grandes adaptaciones, un arte sobre el que escribió su propio tratado.

Antes de convertirse en uno de los guionistas más reputados del Reino Unido, Harwood había llegado a Londres para abrirse paso en el mundo del teatro, y terminó convertido en el ayuda de cámara de Sir Donald Wolfit, un veterano actor de la Shakespeare Company, al que vistió antes de entrar en escena durante un lustro, entre 1953 y 1958. Puede parecer un trabajo simplemente alimenticio, pero Harwood acabó dándole forma de obra teatral, con la que triunfó en el West End londinense en 1980. Tres años después llegó la versión cinematográfica con el título de La sombra del actor (1983), con Albert Finney bajo el maquillaje del actor shakespereano y Tom Courtenay como su ayudante. El último texto de Harwood llevado a la pantalla fue precisamente, en 2015, una adaptación televisa de la misma obra, esta vez con Anthony Hopkins y Ian McKellen.

Entre el camerino de Sir Donald Wolfit y su versión cinematográfica, Harwood, que también firmó una biografía del actor, se prodigó como dramaturgo, novelista y guionista de cine y televisión. Escribió más de 20 obras teatrales, publicó hasta siete novelas, como Los mercaderes de la venganza (en su día traducida por Plaza y Janés), y firmó más de 40 guiones. Su primer trabajo para el cine fue precisamente una película protagonizada por Tom Courtenay (Private potter, 1962). Siguieron, entre otros, los del clásico de aventuras Viento en las velas (1965), a partir de la novela de Richard Hughes; Siete hombres al amanecer (1975), basado en la novela de Alan Burgess sobre el asesinato del nazi Reinhard Heydrich; La versión Browning (1994), inspirada en la obra teatral de Terence Rattigan; La sentencia (2003), adaptada de la novela de Brian Moore; Conociendo a Julia (2004), sobre un texto de W. Somerset Maugham; La escafandra y la mariposa (2007), a partir del libro del periodista Jean-Dominique Bauby; El amor en tiempos de cólera (2007), el clásico de Gabriel García Márquez; Australia (2008), a partir de un relato de Baz Luhrmann, director de la película, o El cuarteto (2012), versión de una de sus propias obras teatrales.

No fue casual que llegara al libro donde Wladyslaw Szpilman relata su lucha por la supervivencia durante la destrucción del gueto de Varsovia por los nazis. El haber nacido en el seno de una familia judía y crecido en el apogeo del Apartheid le sensibilizó especialmente en lo que respecta al rol del arte en los infiernos totalitarios. También lleva su firma un telefilme sobre Mandela protagonizado por Donald Glover, y el año pasado, sin ir más lejos, Manuel Lombardero juntó sobre las tablas del Teatro San Martín dos de sus obras que exploraban el tema desde distintos ángulos: Colaboración y Tomar partido, que también fue llevada al cine en 2001 por István Szabó. En la primera, el compositor Richard Strauss se enfrenta a la disyuntiva de colaborar con el escritor judío Stephan Zweig o con los nazis, mientras que la segunda versa sobre el proceso de desnazificación del gran director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler, que triunfó en el Tercer Reich. Siempre la misma cuestión, el papel del arte en tiempos oscuros.

EL MUNDO. 

 

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