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Jue, Ene

Muere por Covid Kim Ki-duk, el director de cine que buscaba no odiar al ser humano

Foto: Cortesía

Cultura

El cineasta coreano fue acusado por acoso y violación por tres actrices al final de su carrera

En la declaración de principios de la que fue su última película no estrenada en España 'Human, Space, Time and Human', el cineasta coreano Kim Ki-duk confesaba que su intención era "dejar de odiar al ser humano". La película se programó en la Berlinale a la vez que hasta tres actrices le acusaban de abusos y violación (al final fue condenado a pagar una multa de 4.450 dólares por agresión). La película estaba a años luz de sus mejores trabajos, pero por última y por desesperada, bien podría valer de testamento y hasta resumen. En la película se cuenta la historia de un grupo de gente embarcada en un crucero de placer que, como no podía ser de otro modo, saca lo peor de cada cual. Un glorioso desastre por el que, finalmente y pese a todo, la vida se abre paso. Pero a qué precio. Al precio de simplemente vivir. La concentración de brutalidad, metáforas quizá obvias de aire místico y la extravagancia formal no exenta de fuerza convierten a este trabajo en el mejor ejemplo y el peor trabajo. Todo a la vez.

Kim Ki-duk, cuya muerte por Covid se anunció ayer (tenía 59 años), siempre jugó al límite. Y fue ahí donde el director de 'La isla', 'Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera', 'Samaritan Girl' o 'Hierro 3', quizá sus cuatro obras más conocidas y plenas, se forjó no sólo un espacio en el cine contemporáneo sino, apurando, una leyenda. Para lo bueno y para lo malo. Su filmografía fue ante todo una obsesión donde se repitieron con una constancia y una claridad desusada siempre los mismos lugares comunes, idénticos argumentos y, apurando, hasta exactamente los mismos personajes replicados. Su cine se alimentó de la suciedad de los bajos fondos, de la crueldad, de la sangre, de la venganza, del sexo al límite de todos los tabúes (siempre algo más que sólo obsesionado con la prostitución) y, casi en la misma proporción, del propio Kim Ki-duk como materia de exploración. Él, como el propio Bergman por ejemplo, hizo de sí mismo "madera y hacha": él fue su propio instrumento de trabajo y el material de su investigación.

Tras el éxito de su cine visceral a lo largo de la primera década del siglo donde apareció con fruición a un ritmo de una película al año, quebró. Y en 2008 quedó en silencio. Reapareció en 2011 con dos trabajo solipsistas únicamente centrados en sí, en la 'kimkiduidad', llamémoslo así. 'Amén' era el primero y, sobre todo, el documental 'Arirang'. Este último era, como confesó él mismo, la forma de exhibir y hacer público su propio renacimiento desde la vida anterior a, dónde si no, la posterior. La película que mereció premio en Cannes era una ejercicio de cine tan replegado sobre sí mismo que acabó en sencillamente impenetrable y en su extrañeza, otra vez, se antojaba quizá la única definición posible del director.

Acto seguido llegó 'Pietà' y de su mano el León de Oro en Venecia, donde siempre recibió las mejores críticas y acabó por ser su lugar de referencia. Y consagración. De nuevo, aparecía en todo su esplendor ese cine frontal construido desde la conciencia aislada de personajes únicos y marginales, siempre en la frontera entre el silencio y la brutalidad; entre el sueño y la realidad. De nuevo, veíamos a un personaje aislado (un matón profesional) entregado a descubrir la frontera de su más íntimo fracaso. La historia, inspirada dijo el director, en la escultura de Miguel Ángel del mismo nombre, quería imaginarse el mayor de los dolores, la más cruel de las pérdidas ¿Cómo podría ser la venganza de una madre que ha perdido a su hijo? ¿Hay acaso algún dolor mayor a la pérdida de un hijo? Con esta premisa el director insistía una y otra vez en las claves de su cine de siempre (hasta el argumento se desarrollaba, como tantas otras veces, de forma simétrica). En efecto, Kim Ki-duk como el más ferviente acólito de Nietzsche quizá sólo entendía, y siempre entendió, el cambio como una forma de volver a sí mismo. Su preocupación siempre fue la misma: cómo hacer para dejar de odiar al ser humano. Y se esforzó. De manera infatigable. Con fe, sin esperanza.

"Matémonos cruelmente en nuestros corazones hasta la muerte. Incluso hoy, aún controlándome, me dejo invadir por la rabia con una sonrisa en los labios, me estremezco de celos al querer, odio al tiempo que perdono, tiemblo mientras ardo en ganas de matar. Esperad. Voy a suicidarme, yo que me acuerdo siempre de vosotros", escribía en 'Arirang' precisamente en un epitafio diferido y siempre presente.

Recorrer su vida es como pasear por su cine. No podía ser de otro modo. Kim Ki-duk llegó al cine tarde para alguien nacido en 1960. Tras pasar por mil oficios no todos confesables (llegó a estar alistado en la marina), un buen día, cuentas las crónicas, se topo en París con películas como 'Los amantes de Pont Neuf', de Leos Carax. Contaba ya con más de 30 años de edad. Y ahí, quizá, empezó todo. Tras escribir varios guiones, su debe vino de la mano de 'Cocodrilo' (1996), donde en germen ya estaba todo lo que vendría. La brutal historia de un grupo de personas sin hogar que viven bajo un puente anticipa la perfecta comunión de la fotografía precisa, entre delicada y sólo rota, y trama brutal. En 'La isla' (2000), cuentan, hizo vomitar a un crítico delicado y conspicuo en la Mostra. Con 'Mala gente' (2001) consiguió el éxito que nunca buscó. Gracias a 'Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera' amplíó su público con un registro delicado y preciso en el que la violencia corría por dentro en su algo más que exquisita sencillez. En 'Hierro 3' alcanzó su momento más redondo. La película merecedora de la Espiga de Oro y del premio a mejor director en Venecia hilvana con un virtuosismo y precisión desusada un retrato de la identidad tan brillante como perturbador. Y del amor también, quizá el un buen motivo para no odiar al ser humano. Y así.

EL MUNDO.

 

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