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Dom, Abr

En el pasado, las mujeres dominaban la fabricación de cerveza, hasta que fueron acusadas de brujería

Foto: Cortesía

Cultura

Una difamación de la Inquisición convirtió la fabricación de cerveza en una industria masculina, aunque históricamente había pertenecido a las mujeres.

La historia de la cerveza no es mágica, pero está plagada de brujas. Las primeras en desarrollar los conocimientos químicos y físicos para desarrollar una bebida alcohólica rica en calorías fueron las mujeres quienes, desde hace 7 mil años, la han preparado para fines religiosos, festivos o de ocio —hasta que la industria las expulsó de la jugada.

Una larga tradición femenina

Es bien sabido que, incluso desde el esplendor del Antiguo Egipto, eran las sacerdotisas del imperio quienes elaboraban bebidas alcohólicas para acompañar las ceremonias y ritos religiosos. Esta vieja costumbre también se aprecia en la cultura vikinga, en la que las mujeres estaban encargadas de producir alimentos que calentaran el cuerpo.

La fabricación de la cerveza, entonces, en su inicio estaba en manos femeninas. En lugar de producirse industrialmente con fines comerciales, se trataba de una tradición que formaba parte de las actividades diarias del hogar, explica Laken Brooks para The Conversation.

En Europa, esta receta se pasó también a los monasterios y conventos, donde las monjas tenían la encomienda de hacer cerveza para los sacerdotes y demás monjes con los que compartían el claustro. El siglo XVI marcaría un cambio radical en esta larga historia de producción cervecera, cuando las mujeres serían borradas del mapa.

Lideresas de la fabricación de cerveza

En la Historia de Occidente, no es cosa extraña que las mujeres sean destituidas de sus trayectorias de creación e investigación empíricas. Muchos son los casos de científicas a quienes sus inventos les fueron robados, para que otros hombres salieran victoriosos, declarando la autoría de esas aportaciones.

En la fabricación de cerveza sucedió algo similar. Durante la Edad Media, este producto era barato y accesible para complementar la dieta de las familias europeas. Como era fácil de hacer, se producía y vendía directamente en los mercados. Esta industria estaba liderada indiscutiblemente por mujeres, quienes históricamente habían perfeccionado la receta.

A las mujeres encargadas de este sector productivo generalmente se les veía con sombreros puntiagudos y escobas, para escombrar sus locales y mantenerlos limpios. Generalmente se las encontraba paradas frente a calderos de dimensiones considerables, en los que fermentaban la cebada para producir cerveza. Muchas veces, incluso, no necesitaban de un hombre para mantenerse: lo hacían por ellas mismas.

No es casualidad que estas características se le atribuyan en el imaginario colectivo a las brujas: mujeres malvadas, desagradables e inadaptadas socialmente que tenían la intención única de dañar a los hombres con sus encantamientos demoniacos.

Exiliadas de la industria

La función de los sombreros puntiagudos estaba clara: las cerveceras querían hacerse notar entre el tumulto de los mercados. De esta manera, sus clientes podrían identificarlas con facilidad, y comprar la bebida directamente de su calderos, recién hecha. También se les veía con gatos generalmente, para ahuyentar a los ratones de sus locales.

Sin embargo, a esta vestimenta típica muy pronto le fue adjudicada una ideología perversa. Justo en el auge de la fabricación de cerveza femenina, la Inquisición comenzó en Europa. La institución impuso roles de género más estrictos, que demonizaban cualquier función social que se saliera de ellos.

El hecho de que las mujeres pudieran ser comerciantes y llevar las finanzas de los hogares sencillamente rebasaba el entendimiento de la Iglesia. Por esta razón, tan pronto como ganó fuerza en Europa, el catolicismo satanizó y asesinó a cuanta emprendedora se encontrara fuera de su concepción de mujer.

La condena de brujería implicaba tortura y muerte. Las mujeres tuvieron que abandonar la industria, que fue tomada por hombres a la fuerza. Muy pronto, incluso, verlas beber el mismo producto que habían pergeñado se consideraba como un pecado —y el estereotipo de bruja se afianzó en el imaginario colectivo occidental.

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