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Dom, Jun

Día de las madres: La oscura historia del 10 de Mayo, el festejo que nació para evitar la liberación de la mujer en México

Por: Cortesía

Cultura

Más allá de las flores y de los chocolates, el Día de las Madres nació como una estrategia para frenar las oleadas de feminismo en 1922.

Durante la segunda semana de enero de 1916, un grupo de mujeres se reunieron en el Congreso de Yucatán. Mientras la Revolución Mexicana estaba en el auge de su desarrollo político, se convocó una reunión en el sureste del país para tratar asuntos en materia de género. Específicamente, sobre el aborto. En ese entonces, aún no se festejaba el Día de las Madres.

Una revolución antiburguesa

La interrupción del embarazo figuró como el tema más mediático entre aquellas que se presentaron al congreso. Sin embargo, la relación de las mujeres con la educación, con el Estado y el sufragio fueron asuntos a tratar durante los tres días que duró el evento.  Los medios no vieron con buenos ojos la celebración de estos diálogos a propósito de los derechos de las mujeres.

Menos aún cuando empezaron a circular folletos informativos sobre educación sexual, que hacían un énfasis particular en métodos anticonceptivos. De acuerdo con Susana Vargas, investigadora de sexualidad y género por Carleton University, éste fue un alto a la domesticidad femenina, instaurada como una de las máximas morales del Porfiriato:

“[Las feministas] se resistían, lo mismo que las actuales, por ejemplo, al control del gobierno sobre la maternidad, sobre el propio cuerpo. El congreso feminista de 1916 se rebeló ante la imagen de mujer/madre abnegada […]”.

Estas nuevas ideas sobre el cuerpo, la sexualidad y el género no empataban con la idea de burguesía y progreso que se tenían en la época para nada. En respuesta, algunos grupos conservadores en el poder utilizaron al periódico Excélsior como medio para canalizar la resistencia. Para ellos, la lucha feminista era una revolución antiburguesa.

Día de las madres: ¿una estrategia de control?

Excélsior lanzó una campaña para promover el establecimiento del Día de las Madres. Para acallar las demandas de divorcios justos y un aparato legal que apoyara el aborto, se planteó la posibilidad de crear un día en el que se reafirmara el compromiso de las mujeres por cumplir con la maternidad que el Estado estipulaba.

No es casualidad que esta propuesta se haya lanzado el 13 de abril de 1922, el mismo mes en el que la Virgen de Guadalupe fue proclamada como la Madre de México en 1737. De esta manera, ser madre no sólo era un imperativo social, sino que se alzaba a un nivel sagrado, asociado a la santa patrona que las regía a todas.

José Vasconcelos acogió el proyecto del periódico. En nombre de contribuir a “la prolongación de la familia mexicana, con su noble y alto ejercicio de las funciones de la maternidad”, según destaca Vargas en la Revista de la Universidad. No sólo él: también el arzobispo de México apoyó la moción, en favor de las buenas costumbres mexicanas.

A partir de entonces, las escuelas primarias celebrarían festivales para el Día de las Madres. Bajo esta premisa, se reafirmaría la función social como un horno de hijos solamente: apolítica, abnegada y aspiracionalmente burguesa, seguiría cumpliendo con el rol que se le asignó al nacer. Las demandas de Yucatán quedaron sepultadas debajo de ramos de flores y cajas de chocolates.

Más allá de la sacralidad

Octavio Paz revisita el imperativo de maternidad en “Los hijos de la Malinche”, incorporado a El laberinto de la soledad (1950), tal vez el más polémico de sus ensayos desde la lectura feminista. En éste, el autor verdaderamente se cuestiona si las mujeres sienten, piensan o si son iguales a los hombres:

La mujer, otro de los seres que viven aparte, también es figura enigmática. Mejor dicho, es el Enigma. A semejanza del hombre de raza o nacionalidad extraña, incita y repele. Es la imagen de la fecundidad, pero asimismo de la muerte. En casi todas las culturas las diosas de la creación son también deidades de destrucción. Cifra viviente de la extrañeza del universo y de su radical heterogeneidad, la mujer ¿esconde la muerte o la vida?, ¿en qué piensa?; ¿piensa acaso?; ¿siente de veras?; ¿es igual a nosotros?

El ensayo de Paz arroja ecos de este mismo mal sistémico, que ahogó las demandas de las feministas que se reunieron para el Congreso de Yucatán en 1916. En lugar de asumir la identidad sexual y la autonomía de pensamiento de las mujeres, el autor prefiere cuestionarse la naturaleza sacra de las mujeres, como un ente inalcanzable, apolítico, dador de vida y destrucción.

En 1990, Paz se ganó un premio Nobel. A la fecha, no hay autoras mexicanas con los mismos laureles. Por el contrario, las mujeres han decidido continuar la lucha de género desde los espacios públicos. Si bien la academia ha sido un espacio catalizador de la lucha, ya no es la única vía suficiente.

¿Qué ha pasado a cien años de la propuesta?

Las feministas contemporáneas se rehúsan a doblegarse a esa demanda social asignada por nacimiento. Por el contrario, la revigorización del cuerpo femenino como un espacio habitable, político y propio se ha establecido en los últimos años como una de las varias premisas en la lucha de género.

Los resultados de las manifestaciones por el #8M son innegables. Hoy la Ley Olimpia es una realidad en México. En términos del aborto, Oaxaca y la Ciudad de México tienen un aparato legal que protege a las mujeres dentro de las 12 primeras semanas de gestación.

Las demandas de las mujeres en la conferencia de Yucatán sentaron un precedente que, un siglo más tarde, incendia todavía las calles del Centro Histórico, genera iconoclasia y, en últimas, avanza un paso más hacia la democracia.

MUY INTERESANTE. 

 

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