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Dom, Abr

Avril Henry: La mujer que demandó al estado por no permitirle morir en paz

Foto: Cortesía

Cultura

Después de años de planear su muerte, Avril Henry se encontró con una resistencia más grande que su propio cuerpo venido a menos: el Estado.

Avril Henry tenía años pensando en cómo terminar sus días. Caminaba por su casa con dolor de tobillos, fatiga constante y una ansiedad largamente cultivada por un periodo prolongado de soledad. La vejez puede cobrar altas facturas. La planeación no había sido sencilla: importó un veneno ilegalmente para hacer que su último paso fuera lo más efectivo posible. Nunca se imaginó que el proceso sería, a lo menos, accidentado.

Una planeación minuciosa

Avril Henry era una mujer mayor. Vivía en un pueblito inglés con menos de 300 habitantes. En Brampford Speke, sólo hay una iglesia, un pub llamado The Lazy Toady un par de historias de soledad espolvoreadas entre las montañas. El veneno no estaba disponible ahí, por lo que tuvo que importarlo de manera ilegal.

En ese momento, la mujer tenía más de ochenta años. Se vestía con ropas suaves y holgadas, para evitar irritaciones innecesarias sobre su piel, o presiones en sus articulaciones gastadas. Para el momento en el que tenía la certeza de que quería morir, se había descuidado tanto que una mata de pelo completamente cano le resbalaba hasta la cintura.

Con respecto a su muerte, había construido una planeación minuciosa, según describe The Guardian. Lo haría en su propia casa, tomando el veneno que había mandado pedir del extranjero, completamente vestida sobre su tina. El baño estaba en el piso más alto del inmueble, por lo que tenía que subir con cuidado para no lastimarse más.

Una decisión personal

“Estoy sola. La decisión es enteramente mía“, señaló Henry categóricamente para el diario británico. “Y ha estado laboriosamente planeada”. Para entonces, ya había avisado a sus familiares, a sus amigos e incluso a las personas que le prestaban servicios, como su plomero y proveedor de internet.

Incluso estaba en sintonía con su abogado, William Michelmore, quien la había acompañado durante largos años en procesos jurídicos pasados. De esta manera, según ella, sus seres queridos y miembros de círculos cercanos se verían menos afectados por su partida voluntaria.

De cualquier manera, cualquiera que supiera de su condición entendería sus motivos. Tenía años de padecer dolores fuertes en todo el cuerpo, y después de una vida longeva, pensaba que era momento de darse descanso a sí misma.

Un horizonte poco prometedor para Avril Henry

Un par de semanas antes, Henry había redactado un ensayo enlistado sus múltiples pareceres, a manera de justificación de tomar su propia vida, literalmente, entre sus manos. Así lee uno de los fragmentos del texto:

“He vivido 82 años. Ahora tengo disfunciones en la columna, los pies, las caderas, el sistema nervioso periférico, los intestinos, la vejiga, los codos y las manos. Todos combinan dolor y falta de trabajo. El futuro es sombrío”.

A pesar de que diversos médicos habían ofrecido sus servicios para aliviar la artritis y espalda delicada, la mujer se había rehusado. No le veía caso a prolongar un dolor que, por su edad y condición de salud, eventualmente regresaría.

Incluso antes de la pandemia, Avril Henry dormía con una mascarilla. Se le dificultaba respirar durante las noches, por lo que sus sueños tenían años de estar intubados a un tanque de oxígeno. A pesar de todo esto, la eutanasia sigue siendo un problema para el Estado Británico.

Un problema institucional

Según EuroNews, sólo los Países Bajos y Bélgica tienen permitida la muerte asistida. En el Reino Unido, todavía es ilegal. Por esta razón, Henry estaba molesta con el gobierno por rechazar un proyecto de ley que apoyó la abrumadora mayoría de los británicos.

En éste, se promovía el suicidio asistido para personas con enfermedades terminales. Para entonces, Henry había deseado ser diagnosticada con algún tipo de cáncer para poder concretar el proceso. Para su mala suerte, sólo padecía de ser anciana: su cuerpo no le servía más.

Ese mismo año, Avril le pidió a su médico que la ayudara a morir. Él se rehusó: un procedimiento similar iría en contra de sus principios y le podría traer problemas legales severos, así como la suspensión de su licencia profesional. Ante eso, Henry se dio cuenta de que se enfrentaba a un problema institucional, enraizado en una concepción quebradiza de preservar la vida humana a toda costa —incluso, a pesar del bienestar de las personas.

Una visita inesperada

Una año más tarde, el 15 de abril de 2016, Henry recibiría una visita inesperada. Dos agentes de policía enviados por la Interpol se presentaron en su puerta y, con la premisa de hacer “una visita rutinaria“, la destrozaron para abrirse camino al interior. Al enterarse de que la mujer llevaba 18 meses planeando su propia muerte, la hicieron pasar por un proceso arduo de exámenes psiquiátricos que, en un principio, tal vez no necesitaba.

Avril Henry le mostró a los trabajadores sociales que la visitaron los días siguientes las cartas de despedida que había escrito a sus amigos y familiares. Al retirarse, la mujer llamó de nueva cuenta a su abogado: quería demandar a los policías que habían roto la puerta de su casa.

Su petición era sencilla: quería que la dejaran de molestar. Además de reemplazar su puerta dañada, quería asegurarse de poder morir en paz. Pocos días después, sacaría su carta de suicidio para terminar su paso por este mundo: “Tengo muchas esperanzas de que, dado que la evidencia aquí muestra claramente que no se ha cometido ningún asesinato, no habrá Post Mortem” dice el documento. Avril Henry murió 5 días después en su casa, justo como lo había planeado: bajo su propia mano.

MUY INTERESANTE. 

 

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