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Vie, May

Por: Cortesía

Ambrosio de milán, el santo que instauró la costumbre de leer en silencio

Al ostentar el cargo de obispo en la Edad Media, Ambrosio de Milán instauró la costumbre de leer en silencio. Ésta es su historia.

La costumbre de leer en silencio no era bien vista en la Antigüedad. Por el contrario, los momentos para compartir historias —fueran las grandes obras clásicas, o relatos de situaciones cotidianas— estaban pensados para hacerse en voz alta y en público. Así se preservó la lectura durante siglos, hasta que Ambrosio de Milán, un teólogo católico de la Edad Media, prefirió hacer de ella una práctica individual y en silencio. Ésta es su historia.

De donde emergen las imágenes

Las huellas del efecto oral conectaban oreja, laringe y lengua con ese sector del cerebro de donde emergen las imágenes y nacen los sentimientos. Los convocantes que participábamos entusiasmados en el ritual, percibíamos dentro del hueco del pecho la repercusión fonética de las secuencias de grafemas. El silbido rítmico al que se le imprime la intención impuesta por la coma, el punto y seguido o el punto final van imprimiendo una luz que matiza el entendimiento y se abre a la idea que se está expresando.

Por esta razón, la idea de Ambrosio de Milán no fue bien recibida por sus contemporáneos. Acostumbrados durante siglos a leer en voz alta, a declamar, a hacer un acto público para contar historias, la premisa de hacerlo en silencio fue completamente avasalladora para la Europa medieval.

Según San Agustín, la extravagancia de leer sin pronunciar palabras se la debemos a Ambrosio de Milán, quien por seguir la regla de San Benito que instruía leer en las celdas sin molestar a los demás compañeros, descubrió que era mejor leer en silencio que leer bajito. Así comienza el camino de la lectura íntima.

Un acto en solitario

Entre la Edad Media y El Siglo de Oro se empieza a propagar la costumbre de recoger las palabras leídas y guardarlas para uno mismo. No obstante, leer en silencio no era tan popular ni tan bien visto. Fray Antonio de Guevara en 1526 escribió:

“En la escritura se ceban los ojos y en la lectura se les levanta el caparazón. Propiedad es de las divinas letras que leyéndose en silencio se dejen de entender y oyéndose se dejen gustar”

La costumbre ambrosiana ganó adeptos y la lectura en voz alta empezó a relegarse hasta quedar casi en el olvido. Después de esta imposición eclesiástica, que Ambrosio de Milán extendió a Occidente por su cargo como obispo de la ciudad italiana, la lectura en voz alta de abandonó casi por completo. De ser un acto colectivo de compartir historias, se convirtió en una práctica individual, en solitario.

En contra del silencio

A pesar del poder que ostentó Ambrosio de Milán, hubieron críticos ácidos a su nueva postura. Uno de ellos fue Miguel de Cervantes, quien escribió tratados enteros tratando de disolver esta nueva modalidad de lectura:

“Leído para sí y viendo que la podía leer en voz alta, para que el Duque y los circunstantes la oyesen, leyó desta manera” (II. 52:436); “Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones y dijo: me viene en voluntad lellela toda. Había tomado Cardenio la novela y pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó la leyese de forma que todos pudieran escucharla” (I. 32:392-393)

Sí. Las huellas de lo oral están impresas en los labios que se mueven en silencio cuando alguien va leyendo. No obstante, no nos damos cuenta, hemos disociado la lectura con la marca sonora en el plano consiente, pero persiste esa seña de agua que quedó impresa en la mente colectiva de los lectores a lo largo de la Historia.

MUY INTERESANTE.

 

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